Crimea (I) Balaclava

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Cuando estalló la Guerra de Crimea, Mijaíl Pogodin, el historiador ruso más influyente de la época de Nicolás I, advirtió que el imperio se aproximaba a una encrucijada: “Ha llegado el momento más grande de la historia de Rusia –más grande tal vez que la época de Poltava y Borodinó–. Si Rusia no avanza, retrocederá; esa es la ley de la historia”. Esa fue la esencia del conflicto en muchos sentidos. En palabras del historiador Orlando Figes, esta contienda fue la última cruzada y la primera guerra moderna. Esta simbiosis en apariencia contradictoria cobra sentido cuando se analizan las causas que llevaron a la ruptura del orden que había mantenido la paz en Europa desde la derrota de Napoleón en 1815. Todas ellas pivotan en torno a la llamada “cuestión oriental”, derivada del progresivo deterioro del Imperio otomano. El apoyo que la Rusia zarista, baluarte de la autocracia y la tradición, brindó a los nacionalismos balcánicos por razones religiosas y étnicas, chocó de pleno con los intereses de las potencias occidentales, el Reino Unido y Francia, epítomes del liberalismo comercial, que deseaban mantener con vida a la Sublime Puerta para ampliar a su costa las respectivas influencias en Palestina y Siria. Si a ello le sumamos las ambiciones enfrentadas en Asia central, que tratamos en nuestro n.º 11 (El Gran Juego), los paralelismos con la guerra fría que mantienen en la actualidad Rusia y los Estados líderes de Occidente en la región se hacen evidentes. Entonces, la escalada, tras una apertura desafortunada para los ejércitos del zar en la frontera ruso-turca del Danubio, se trasladaría a otro punto conflictivo en la actualidad, la península de Crimea, donde desembarcó una fuerza expedicionaria franco-británica para atajar el poder ruso en el mar Negro. La Guerra de Crimea fue la primera contienda industrial de la historia; en ella se utilizaron a escala masiva el fusil de ánima rayada, el barco de vapor, el ferrocarril y el telégrafo. Sin embargo, también fue una guerra entre caballeros. La fatídica carga de la Brigada Ligera, en la batalla de Balaclava –epicentro de este primer número que Desperta Ferro dedica a la Guerra de Crimea–, es sin duda el hecho más memorable de la contienda. Fruto de una cadena de errores, el sacrificio inútil de los jinetes británicos devendría en símbolo de la falta de adaptación del Ejército británico a los tiempos modernos desde Waterloo y, al mismo tiempo, se alzaría como paradigma del suicida romanticismo byroniano tan en boga en las islas británicas por entonces. Y aún estaban por llegar las penurias del sitio de Sebastopol…

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Ficha técnica

Número de Páginas
80
Encuadernación
Blanda
Autor
Varios Autores
Idioma
español

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