Panorama acorazado de la Segunda guerra mundial

Autor: Luis Pérez Padilla

El arma acorazada alemana de la Segunda Guerra Mundial – la tan afamada Panzerwaffe – debió sus éxitos iniciales al empleo de superiores tácticas, al buen uso de las comunicaciones y de la estructura de mando, y también a la cooperación interarmas, con la artillería, la infantería y la aviación táctica actuando al mismo tiempo y aplicando su poder en el mismo punto. Pero no desde luego al mito de la superioridad tecnológica sobre sus enemigos. La invasión de Polonia, los Países Bajos y la campaña de Francia, aunque siempre se muestra en los medios como la culminación de la Blitzkrieg, son una muestra de un ejército, el alemán, realmente hipomóvil, pero con un puño acorazado de reducidas dimensiones capaz de romper el frente y llevar al enemigo a la derrota mediante la maniobra, la velocidad y las acciones locales de extrema violencia concentrada. 

En los años previos a la guerra, Polonia tenía un ejército sobre el papel nada despreciable y Francia era, sin duda, el primer ejército del mundo. Los medios acorazados franceses superaban en muchos casos a los alemanes y si exceptuamos algunos errores de diseño, bien hubieran podido presentar una batalla mucho más cruenta a sus contrincantes si sus ganas de luchar hubieran sido parejas a su tecnología. 

Inglaterra, creadora del concepto de carro de combate y de la guerra mecanizada, sacó de sus fábricas una colección de despropósitos – exceptuando si cabe el carro de infantería Matilda – que sólo se redimiría con el cañón de 17 libras montado en el Comet y en otros carros, y con el tardío Centurion, que no llegó a la guerra. Es bien conocida la obsesión británica por el disparo en movimiento de los carros de combate, y lo contentos que se pusieron con el cañón en casamata del M-3 Grant norteamericano ya que por fin tenían un arma que mereciera tal nombre.

Los soviéticos sí, ellos sí tenían un arma acorazada, y una fuerza aerotransportable, y algunas cosas más. Lástima que Stalin se hubiera dedicado a purgar a su ejército de sus mejores oficiales y a talar de raíz las innovaciones tácticas y estratégicas que algunos de ellos habían propuesto, como serían el concepto de batalla profunda y arte operacional. Pero casi lo mas importante es lo que NO tenían. No tenían un complejo entramado industrial altamente competitivo y con una enorme influencia, como era el de la Alemania nacionalsocialista, que dio como resultado que se diseñaran y se metieran en producción centenares de vehículos de todos los tipos que aunque sin duda algunos de ellos representaron los mejores modelos de la guerra, crearon indescriptibles e insuperables problemas logísticos debido a la diversidad. Los soviéticos, con una economía centralizada y planificada, se centraron en un solo modelo, para mí el mejor de la guerra en cuanto a equilibrio entre protección, potencia de fuego y movilidad, el T-34. Desechaban e incluso se burlaban de los modelos norteamericanos del programa de Préstamo y Arriendo. 

Los Estados Unidos de América, con una representación casi testimonial de medios acorazados antes de entrar en la guerra, también fueron capaces de emplear su enorme capacidad industrial de una manera más eficiente, y centraron su fuerza acorazada en prácticamente un solo modelo y sus variantes, el M-4 Sherman. Sin embargo, éste, considerado como singularidad, tenía un auténtico montón de deficiencias. El gran valor de los vehículos norteamericanos siempre fue su fiabilidad mecánica, nunca su armamento o su protección. 

De los carros de combate japoneses poco hay que decir, al igual que de los italianos, aunque con respecto a estos últimos hay que concederles el hecho de que a mi parecer, sí comprendieron la guerra mecanizada, aunque no la pudieran llevar a cabo. Los carros japoneses nunca representaron en realidad una amenaza que considerar. Su escasa capacidad industrial y tecnológica se centró más en el poder aeronaval que en los medios terrestres.

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