Austerlitz: La obra maestra de Napoleón

Autor: Raul Bellido

Cuando el ilustre marino Federico Gravina, ante la campaña que desembocó en Trafalgar, abandonó su puesto de embajador en París para ocupar su lugar en la Armada, quedó nuestra nación sin representante oficial en Francia. Disponía Godoy de un hombre de confianza, Eugenio Izquierdo, que sería el encargado de las delicadas negociaciones en momentos tan críticos en el ámbito naval, pero tan prolíficos en el terrestre. Pues, como es bien sabido, poco más de un mes después del desastre de Trafalgar, Napoleón derrotaría a la Tercera Coalición en la célebre Batalla de Austerlitz.

Al ser ambas naciones aliadas, en España se publicó, en la Gaceta de Madrid del 15 de enero de 1806, traducido el 30º boletín de la Grande Armée informando de la contundente victoria en los lejanos campos de Moravia.

Me aventuro a afirma que aquel fue el día que más brilló la genialidad militar de Napoleón Bonaparte. Marengo, Jena, Friedland, Wagram, Borodinó y Ligny tienen tanto o más nombre que el pequeño pueblo junto a Brno, pero elijo Austerlitz porque el emperador no solo infligió una derrota colosal a sus enemigos, sino porque sabía que aquello iba a pasar y, es más, sabía exactamente como debía hacerlo ocurrir. Elijo Austerlitz porque Bonaparte tejió una red de engaños y sucintas invitaciones que consiguieron que el zar, y en menor medida el Doppelkaiser, dejaran de confiar en el taciturno Kutúzov y se dejaran llevar al desastre por sus más atarantados aduladores. Elijo Austerlitz porque, pese a las dificultades que encontraron en el ascenso a los altos del Pratzen, los generales Vandamme y Saint-Hilaire ejecutaron al milímetro un movimiento ya recorrido en la privilegiada mente del corso. Elijo Austerlitz porque la maquinaria imperial, afinada durante 2 largos años en el campo de Boulogne, demostró ser tan perfecta como podía serlo un ejército con la tecnología de la época. Fue el cenit del ejército imperial. Qué digo del imperial, lo fue de todas las guerras que empezaron en 1792 y finalizaron en 1815. El momento álgido de 23 largos y extenuantes años de combates.

Creo haber podido transmitir mi entusiasmo por haber tenido la oportunidad, junto mi buen amigo Juan Carlos Lozano, de escribir un libro sobre la batalla para Trafalgar Editions. No un libro más, por otra parte, sino el primer libro escrito en lengua castellana. Hasta ahora lo que hemos podido encontrar en las librerías habían sido traducciones. Ahora tenemos una visión más cercana, más española, más nuestra.

Eso conllevó dificultades, lingüísticas por ejemplo. Nos es mucho más sencillo seguir el desarrollo de una batalla en la que las tropas avanzan hacia Talavera de la Reina que si lo hacen hacia Krzenowitz, Tellnitz o Blaziowitz. Otro tanto ocurre con los nombres de los generales o de los regimientos. Por ello el libro viene ilustrado con bellas ilustraciones de Henry Aponte y con multitud de mapas del mismo Juan Carlos Lozano, cruciales para entender el devenir de los acontecimientos y dibujados sobre los mismos mapas militares que usaban los generales austriacos a principios del siglo XIX.

El ensayo se centra en la batalla, pero abre con varios apartados sin los cuales no se podría comprender el embate del 2 de diciembre. Habla de la situación política de Europa, de cómo se llegó a la Guerra de la Tercera Coalición, de la evolución y composición de los Ejércitos en liza, de las personalidades más destacadas de la campaña, de los planes estratégicos de las naciones involucradas, de los avances y enfrentamientos hasta diciembre y de los planes tácticos de los Estados Mayores para el día 2.

De la batalla en sí el planteamiento es temporal, relatando los hechos de un modo secuencial y continuo para todos los frentes, y no espacial, como hubiera podido ser contar lo que ocurrió en cada lugar por separado. Optamos por la primera opción para no hacer al lector desplazarse adelante y atrás para releer lo que había ocurrido en un frente adyacente en ese momento. Esperamos haber conseguido así una lectura más fluida, más novelesca si se me permite la expresión, más inmersiva.

Citaba a Izquierdo al comienzo para terminar con una cita suya. En una carta que escribió al Príncipe de la Paz el 15 de marzo de 1806, el enviado español en París pienso supo captar a la perfección el espíritu de Napoleón: “El emperador no repite dos veces la misma cosa; no da un paso que no haya de tener su resultado; quita y da soberanías; nadie influye en su opinión; todas las mutaciones, todos los arreglos que hace, son partos de su mente y su ministro Talleyrand, sus generales y edecanes, su misma esposa, ignoran, como el vulgo, el preñado hasta que se publica el alumbramiento”.

Bonaparte tuvo infinidad de esos alumbramientos. Muchos fueron desafortunados, otros directamente temerarios. Pero otros tantos fueron geniales, dejando su impronta para la historia. En términos militares, su más grande legado es sin duda el Sol de Austerlitz.

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