Los enemigos internos de España y occidente

Alberto G. Ibáñez

Autor del libro: “La Guerra cultural. Los enemigos internos de España y Occidente”

(Almuzara. 2020)

La guerra convencional afortunadamente no existe siempre, pero la guerra cultural, seamos conscientes o no de ello, es permanente. Y sin embargo, mientras asistimos a un reforzamiento cultural de los antiguos imperios euroasiáticos, Occidente se desmenuza en nuevas divisiones y conflictos internos, destacando el caso de España. Todos los sistemas acaban fracasando o entrando en fase de deterioro, no tanto por la presión o ataque de los enemigos o competidores externos cuanto por sus propias carencias o deficiencias internas. El enemigo interno es siempre el más terrible y peligroso porque supone una amenaza fantasma que solemos minusvalorar. Y eso que la propia Biblia nos enseña que el primer conflicto violento sobrevino entre hermanos (Caín y Abel) y no ganó precisamente el bueno. Todos somos hijos de Caín, pero puestos a ser cainitas de nuevo los españoles nos llevamos la palma.

A lo largo del libro La Guerra cultural identifico los principales enemigos internos de Occidente y a España. Es difícil resumirlos en pocas líneas. En cuanto a Occidente, su primer enemigo interno sería el proceso de deconstrucción del individuo y de la realidad: una crisis del pensamiento y de la razón, el triunfo del relativismo y una “contradictio in terminis” (de tesis-antítesis) interminable y sin síntesis posible. Vivimos la edad de la ansiedad, la depresión y el aturdimiento, donde el progreso material (que ahora también corre peligro) ha derivado en un deterioro psicológico que produce, por ejemplo, que el mayor número de suicidios se dé en países occidentales. El virus posmoderno es la nueva religión del pensamiento débil y de una sociedad líquida y gaseosa, donde no existe el mal y los límites se difuminan, olvidando que no cabe ética sin límites: “nulla ethica sine finibus”. Como resultado, de la utopía hemos pasado a la distopía.

En segundo lugar, existe una creciente fragmentación política y social que pone en peligro la supervivencia de la propia democracia. Triunfa la mediocridad y la oclocracia, el populismo y la simplificación del discurso, la demagogia y la exaltación del marketing político. Preferimos propagandistas y vendedores de eslóganes en lugar de líderes sensatos y buenos gestores. Hemos olvidado el valor esencial de los valores comunes, sustituyendo la ética sustantiva por la procedimental. Una sociedad acomodada incómoda que entroniza los derechos de los verdugos al tiempo que olvida los de las víctimas, así como los deberes y el necesario ejercicio de la auto-crítica y la responsabilidad. Mientras tanto, el “factor humano” se mueve entre el sueño multicultural que ha traído una inmigración (ilegal) sin límites y una crisis demográfica que se debate entre sobrepoblación o desierto.

En tercer lugar, prevalece el lado oscuro de la tecnología. Nada en contra de la innovación y el progreso, pero ¿para qué y hacia dónde? Lo nuevo no es bueno por ser nuevo sino porque supera a lo viene funcionando. Hemos dejado de ser realistas, para caer en la trampa del pensamiento positivo y el optimismo irracional. De una tecnología “humanodependiente”, hemos pasado a unos seres humanos “tecnodependientes”. Vivimos bajo una forma de gobierno: la “tecnolocracia”. El poder lo tienen los tecnolócratas que deciden qué avances tecnológicos deben producirse y cómo nos afectan. Nadie los elige en las urnas ni sabe muy bien quiénes son. Necesitamos al menos un nuevo código ético que sujete el desarrollo tecnológico a límites.

En cuarto lugar, vivimos bajo la espada de Damocles de que la próxima crisis económica pueda ser la última o se convierta en permanente. Hemos pasado del fracaso comunista al exceso consumista. Si el mayor enemigo del comunismo fue el comunismo el mayor enemigo del capitalismo es el capitalismo que lo ha convertido en posmoderno y tecno-financiero. Una economía que no da valor a los valores, que ha incrementado la desigualdad al interior de los países occidentales (no tanto a nivel global), que ha convertido al consumismo masivo-compulsivo en una suerte de religión, que requiere una deuda insoportable y sin límites mientras ignora el deterioro medioambiental, aunque el mercado no sea el único responsable. Y sin embargo, la dicotomía “Estado o mercado” es falsa pues los dos se necesitan para sobrevivir. De hecho el mayor peligro para la supervivencia del Estado de bienestar viene de quienes no reconocen sus límites.

En cuanto a España, sin ser ajena a la hidra occidental, cabe identificar a nuestro primer enemigo interno como el virus de la ingenuidad y de la división permanente, junto a obsesiones y complejos inveterados. Nuestros verdaderos hechos diferenciales no son los que arteramente alegan los separatistas, sino el sectarismo cainita, la ingenuidad galopante y un localismo extremo y auto-destructivo. Seguimos creando nuevas leyendas negras, empeñados en elegir la versión de nuestra historia que más daño nos hace y más nos divide. Sufrimos el complejo síndrome del español acomplejado. De las dos Españas hemos pasado a las seis Españas o incluso más.

En segundo lugar, vivimos en una sociedad pendular que baila entre excesos. Mientras presumimos del “modo de vida español”, en el que paradójicamente existen pocas diferencias territoriales en lo esencial, esto es cada vez más fachada que realidad. Del (excesivo) sentido de culpa hemos pasado a la huida de la responsabilidad. Hemos entronizado al jetismo, guaysmo y amiguismo como instrumentos de promoción social. Las noches (y los días) se han convertido en el reino de la fiesta, el alcohol y el ruido. Del derecho a la siesta hemos pasado al derecho a la fiesta, consolidando al grito como elemento cultural español. Se discute mucho, pero se debate poco. Incluso la violencia de género es cada vez más una violencia degenerada.

En tercer lugar, destaca el fracaso de nuestro modelo educativo como indican machaconamente los informes PISA. Una sociedad es lo que es su educación. De la Institución Libre de Enseñanza o los jesuitas, hemos pasado al clan de los pedagogos. El/la “Sr/a. Maestro/a” ahora es el “profe-colega”. Los padres exigentes se han convertido en mánagers de futuras estrellas y consentidores en todo lo demás, cuando no directamente maltratados por sus hijos. ¿Estamos ante la generación realmente mejor preparada de la Historia o ante la más engañada y estafada? Y sin embargo, otro modelo es posible: basta dar valor al héroe en la educación, combinar nuevos y viejos incentivos (“ponga un tigre en su vida y verá el salto que pega”), y no olvidar que uno de los objetivos del sistema es la forja del carácter para hacer frente a la presión, único antídoto real a la “de-presión” que sufren cada vez más jóvenes a los que se ha engañado diciéndoles que la vida es fácil.

En cuarto lugar, asistimos a una ciclo-génesis explosiva que puede destruir el régimen del 78. Vivimos una crisis política sin precedentes, donde todo se tambalea y aparece puesto en cuestión: el parlamento (¿urnas o democracia popular?), la monarquía (¿es peor la nuestra que otras?) o el estado de derecho, donde algunos parece que pueden incumplir la ley sin consecuencias. La clase política se percibe (encuestas del CIS) como un problema mientras los partidos políticos parecen haber olvidado que entre sus funciones se encuentra el seleccionar los mejores para gobernarnos. Vivimos igualmente una crisis económica cada vez más estructural y más condicionada por decisiones políticas. Cabe hablar incluso de un capitalismo «a la española» con sus excesos y carencias, mientras el debate público se mueve entre la austeridad y el derroche.

Por último, existe una operación para romper España y acabar con la nación que nos ha unido desde hace siglos. El triunfo del separatismo no es algo ajeno al virus cultural del que venimos hablando. Como otro tipo de secta más ofrece a sus adeptos una nueva identidad salvadora mientras anula o expulsa (de su territorio) al hereje o discrepante. Olvida que no solo existen dos Españas, sino también dos Cataluñas (¿Prim o Companys?) o dos Países vascos (¿Sabino Arana o Unamuno?), y que el separatismo coqueteó con el nazismo y el fascismo tanto o más que el propio franquismo. Para superar este problema conviene comenzar por tener claros (todos) los costes de la ruptura, que no existe diálogo (cual bálsamo de Fierabrás) ni autogobierno sin límites, y que si España se rompe, se rompe Europa… y luego el resto

Por supuesto, el libro no se queda en identificar a nuestros enemigos internos sino que plantea estrategias y propuestas para vencerlos o superarlos. Frente a las contradicciones y los extremos, como siempre el camino del medio que ya sugirieran Aristóteles o Buda. Necesitamos un nuevo equilibrio tanto en Occidente como en España, lo que requiere llevar a cabo un proceso de renacimiento cultural que sepa combinar lo mejor de la tradición y de la modernidad-innovación (“modernición”). Como dicen los franceses: “reculer pour mieux sauter”. Y dentro de este proceso de mirar atrás sin ira, quién sabe, tal vez hasta seamos capaces de recuperar un modelo (olvidado) de éxito: el de la América virreinal.

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